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Heridas. Las mujeres de Lorca

Antonio Díaz Narváez - Marzo de 2018

Para enfrentarnos a este primer proyecto de Youkali Escena realizamos un proceso de investigación previo sobre la obra de Federico García Lorca que abrió las puertas a nuestra creación, tomando forma de montaje sobre algunos de sus personajes femeninos más relevantes. Así, nos acercarnos a ellos desde una perspectiva propia, mirándolos con los ojos de su creador y poniéndolos en las manos de Federico quien

da vida a “heroínas” como la madre de Bodas de Sangre, Yerma, Mariana Pineda, Bernarda y Doña Rosita.


Cinco mujeres heridas. Cinco mujeres desgarradas por el puñal de la vida, del amor y de la muerte. Cinco gritos ahogados. Silenciados. Porque “hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye…pero que si salieran de pronto y gritaran, llenarían el mundo”. Y ese grito soterrado, ese afán irrefrenable de libertad, de vida, de amor sin límites, es el que mueve a las cinco mujeres, hasta hacerlas golpearse con el muro de la realidad mediocre y mezquina y opresiva que las envuelve, o contra sus propias limitaciones heredadas generación tras generación, como en el caso de Bernarda.


Ahí reside a un tiempo su grandeza y su humanidad. En ese anhelo de vida que trasciende “las piedras sin jugo” de la realidad impuesta y que tiñe de verde esperanza el agua roja de la tragedia. Al asomarnos a la profunda sima del dolor, al escarbar entre las raíces de la desesperación llegamos quizás al último santuario de lo humano, donde todos habitamos y todos nos reconocemos, y desde donde nos asimos esperanzados al deseo de vida que emana de las cinco mujeres.


Y Lorca… Lorca riega con su sangre las venas de Yerma, de Mariana, de Bernarda, de Rosita y de la madre de Bodas de sangre. Es él quien grita a los cuatro vientos: “¡Quiero mi libertad, mi amor humano!”. Él es quien bucea en los recovecos desnudos y primitivos de las cinco mujeres y de sí mismo. Y de todos nosotros. Porque somos todos, espectadores activos de la tragedia, los verdaderos protagonistas. Porque estas cinco mujeres hablan sin tapujos de nuestras heridas, de nuestros anhelos y de nuestro fracaso. Porque Lorca solo aspira a enseñarnos “un pequeño rincón de realidad”, de nuestra realidad, como pretendiendo “gritarnos las simplísimas verdades” que no queremos oír.


De Lorca decía Vicente Aleixandre que era “impetuoso, clamoroso, mágico como una selva… Por la mañana se reía tan alegre, tan clara, tan multiplicadamente como el agua del campo”. Pero también nos recordaba que lo había visto “en las noches más altas, de pronto, asomado a unas barandas misteriosas, cuando la luna correspondía con él y le plateaba su rostro” y sentía “que sus brazos se apoyaban en el aire, pero que sus pies se hundían en el tiempo, en los siglos, en la raíz remotísima de la tierra hispánica, hasta no sé dónde, en busca de esta sabiduría profunda que llameaba en sus ojos, que quemaba en sus labios, que encandecía su ceño de inspirado”.


Ese Lorca que miraba cara a cara a la luna es quien presta sus heridas a las cinco mujeres, el Lorca que presentía la muerte (“la muerte está en todas partes, es la dominadora”) es el Lorca que grita “quiero llorar porque me da la gana”… Porque, como confiesa a tumba abierta en Poeta en Nueva York, “yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”.


La obra lorquiana se estructura en base a la elegancia y desde ahí retrató a los personajes que participaron en su muerte, pero su refinamiento reside en no aludir siempre a la muerte si no en su capacidad para exaltar todo lo que vibra en esa realidad que fue creciendo en su obra y aún permanece entre nosotros.


Elegancia en la rebelión, en lo exagerado de la rebelión contra la mentira. Elegancia formal y esencia de la creación. Y elegancia al emplear todos los recursos de la expresión, vitales y formales. No hay ocultamiento ni renuncia. Una sensibilidad aterrada y solitaria.


Los símbolos que utiliza son muy sencillos. Los hombres luchan y mueren en el paisaje, con el paisaje. Acusan los enfrentamientos, los fracasos y las muertes de otros. Son víctimas de un ambiente y de una atmósfera supersticiosa que regula sus conductas, reacciones, sentimientos y deseos. Nadie, nada cambia realmente, en sustancia, a pesar de la pasión que los seres humanos empeñan en ese propósito. Y la tragedia crea el territorio donde se cruzan los cuchillos, los resentimientos, las oscuras pendencias y el amor. En Lorca el paisaje habla de la muerte como en una fiesta donde se mezclan la agitación de los caballos en los establos, el relampaguear de las navajas, la fiebre de los

cuerpos que se desean o los duelos inmisericordes que recrean tristes historias familiares…


La muerte nunca ofrece opción. Pero Lorca la reconoció en su mundo y amó a sus víctimas, esas cinco mujeres malheridas de muerte, de muerte en vida. Porque por encima todo Federico ama a sus mujeres, las respeta, las entroniza, las lleva a lo más alto de su ser y a lo más liviano, las hace volar, les da la vida al tiempo que se la quita como parte de su esencia, de su propio ser, de su identidad misma.